Gracias, papá y mamá, por
seguir hablando en gallego siempre entre vosotros y por llevarme cada año de
vuelta a vuestro pueblo de origen, a pesar de haber salido de Galicia, para no
volver, con apenas 20 años y haber sido padres de tres hijos andaluces. No de
pura cepa, claro, sino de ocho apellidos gallegos.
Gracias porque eso me ha
permitido hoy hablar con una empleada pública de un Ayuntamiento gallego que, a
pesar de que le he hablado en un perfecto andaluz, me ha contestado en gallego.
¡Y la he entendido!
Y me ha recordado cuando
mi padre hizo la mili –ya no recuerdo si en San Fernando o en Vigo- y los
veteranos, gallegos, hablaban entre sí de la novatada que les preparaban a los
nuevos y que mi padre atajó con una maldición de aquellas que sonaban tan bien
y que hacía referencia a lo que muchos años después sería un modelo de coche de
un fabricante coreano (¿?).
Gracias también por
inculcarme un espíritu crítico, que me ha hecho preguntarle a la amable señora
o señorita que si nunca hablan en castellano a quien no les habla en gallego. A
lo que me respondió que ella habla su lengua y que sólo, en caso de que le
digan que no la entienden, deja de hacerlo. Lo que me recuerda a esos
vendedores telefónicos que te tutean, sin conocerte de nada, “por política de empresa”.
Aunque he tenido la
tentación de reproducir alguna de aquellas maldiciones (y aún alguna otra peor
que decía la única abuela a la que conocí, cuando jugábamos a la brisca), me he
limitado a darle las gracias y a decirle que la he entendido perfectamente.
Probablemente, desde antes de que ella naciera.
En fin, no deja de ser
una anécdota más, que dejo por aquí escrita para que no se me olvide, pero que
refleja claramente el nivel educativo actual.





